Cabo Peñas y Estaca de Bares son balcones privilegiados para observar migraciones y vida pelágica. Con prismáticos ligeros, paciencia y abrigo contra el nordeste, es posible identificar alcatraces, pardelas y charranes siguiendo corredores invisibles. Los cortados ofrecen posaderos a cormoranes, mientras el cielo alberga acrobacias de halcones. Mantén distancia de nidos, evita ruidos bruscos y acepta la regla de oro del naturalista caminante: ver más molestando menos. Cada avistamiento es un regalo que el mar concede a quienes caminan con respeto.
La camariña, arbusto blanco y discreto, habita dunas y litorales de la Costa da Morte y sobrevive gracias a caminantes cuidadosos. Los tojos defienden con espinas territorios ventosos; los brezos tiñen de púrpura las lomas. Disfruta los colores sin salir del trazado, evita arrancar flores y no uses atajos en zonas blandas. Estas plantas fijan arena, amparan insectos y crean mosaicos que alegran la vista. Preservarlas significa asegurar que la ruta conserve su carácter, aroma y textura para generaciones futuras.